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El Cóndor ayer

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Conquista de la Cresta María Olga


Exc. 23 -24 de Mayo de 1970

En mayo de 1970 efectuamos una excursión a Las Huertas, bello paraje de la Sierra Madre Oriental, al cual se accedía entrando por el Cañón del Diente, recorriéndolo un tramo y subiendo luego por la ladera de la izquierda hasta el Puerto de las Víboras, para bajar luego por la ladera opuesta, a un cristalino arroyito y remontarlo brevemente hasta llegar a su nacimiento, en el paraje denominado Las Huertas.

Años atrás, Las Huertas había sido una huerta de árboles frutales en un claro hecho en el bosque de pinos y de otros árboles. Lo hicieron porque allí nace agua todo el tiempo. Las Huertas dejaron de ser cultivadas, pero todavía quedaban algunos árboles de durazno. En el manantial abundaba la yerbabuena. El arroyo iniciaba a corta distancia abajo del manantial, con charcos apropiados para darse un baño, con agua cristalina y fría. En el arroyo había berros, con los que en una ocasión preparamos una sabrosa ensalada. Frente al manantial había un pequeño terreno plano contiguo a una especie de cueva, apropiado para acampar. Desde este terreno se contemplaba enfrente una atractiva vista de la huerta y tras ella, la ladera norte de la sierra, siendo esta ladera prolongación de la del Cañón de Ballesteros. En resumen, era un paraíso en medio de la Sierra.

En esa época la mayoría de las excursiones empezaban el sábado en la tarde, y ésta no fue la excepción, de manera que llegamos a acampar a Las Huertas. Íbamos Jesús Montenegro, Enrique Hernández, Heriberto Pérez Lara, quien a su vez llevaba como invitado a su primo Oliverio Araiza, de unos 8 años de edad, mi hermano Jorge Verduzco y Eduardo Verduzco, hasta donde recuerdo.

Por la mañana del domingo, después del almuerzo, teníamos mucho tiempo disponible. Frente a la cueva y ligeramente a la izquierda, hay un pico con una cruz, al que nosotros llamamos Pico de la Cruz. Decidimos intentar, me parece que a iniciativa de Montenegro, llegar a este pico, al cual nunca antes habíamos nosotros ascendido. El pico no tenía mucha altura, pero la pendiente era un tanto escarpada. Subimos a monte traviesa, ya que no encontramos vereda alguna, y a las 11:25 llegamos a la cruz.

Desde aquí se contemplaba a corta distancia una meseta angosta un poco más arriba, y Heriberto propuso que intentáramos llegar a ella. Subimos también a monte traviesa y a las 12:00 llegamos a esta meseta, a la que Heriberto propuso bautizar como Pico Oliverio, en vista del extraordinario desempeño de su joven primo, siendo aceptada su propuesta.

Desde este lugar pudimos contemplar la cresta de la sierra no muy retirada en distancia ni en altitud, y entonces yo sugerí a mis Compañeros que intentáramos alcanzarla. Nuevamente ascendimos a monte traviesa, y a las 12:35 estuvimos finalmente en la cresta.

Fue una decisión muy afortunada porque desde esta cresta tuvimos una vista excepcional del Cerro de la Silla, el camino al Diente, el Diente mismo, la Crisólita, parte de Monterrey, y por el lado opuesto, el cañón paralelo al de Ballesteros hacia el sur (Cañón Huasteco, le llama el INEGI, por el cual baja el Río Santa Catarina), y al final de éste, La Calle.

Estábamos muy emocionados por esta importante conquista y como aparentemente nadie había estado antes en esta cresta, propuse yo a Montenegro, nuestro Capitán, bautizarla como "Cresta Ma. Olga", en honor de mi novia Ma. Olga Treviño, ahora mi esposa, quien en esos días se encontraba ausente de Monterrey con motivo de sus vacaciones. Hice una pequeña mojonera y en ella coloqué un recipiente con un acta de la conquista y el nombre del lugar. Desde entonces no se me ha concedido volver a este hermoso lugar. Tal vez algún día...


Redactó: Eduardo Verduzco
Septiembre 2006

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